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viernes, 10 de enero de 2014

Niño del cerro El Plomo volverá a exhibirse a 60 años de su descubrimiento

El cuerpo congelado del pequeño inca ha estado fuera de exhibición por casi 30 años. Para conmemorar aniversario, Museo Nacional de Historia Natural realizará entre el 28 de enero y 1 de febrero tours diarios.
por Cristina Espinoza - 10/01/2014 - 07:00

Niños observan la réplica del cuerpo, que es la que actualmente se exhibe en el museo.

Cada 21 de junio, para el solsticio de invierno, un grupo de aimaras sube al cuarto piso del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN). Llevan ofrendas para un niño, de unos ocho años, que descansa en una cámara refrigerada y que murió hace 500 años, como sacrificio al sol. Dicen que su espíritu sigue vivo e intercede por el bienestar del mundo andino.


El niño del cerro El Plomo está, de alguna manera, cumpliendo el propósito por el que fue sacrificado hace unos 480 años -calcula el arqueólogo Rubén Stehberg, jefe del área de Antropología del MNHN-, cuando en una ceremonia llamada capacocha fue ofrecido al dios Inti.

“Estas ceremonias se hacían cuando ocurrían eventos catastróficos”, dice. El niño era como un embajador, enviado seguramente tras el caos que provocó la llegada española, indica.

A unos 420 años de ese sacrificio, a 5.400 metros de altura, en la cumbre del cerro El Plomo, Guillermo Chacón, Luis Gerardo Ríos y Jaime Ríos lo encontraron el 1 de febrero de 1954. Lo bajaron a una cueva y luego viajaron a Santiago -desde Puente Alto- para ofrecerlo al Museo Histórico Nacional. Como no fueron recibidos, lo intentaron en el MNHN, donde Grete Mostny, entonces jefa de Antropología, revisó los objetos que estaban con él. Días después partió a buscarlos para comprarlo: pagó 45 mil pesos de la época.

Para el museo se transformó en una de sus piezas más valiosas y fue un hallazgo de importancia mundial: el primer niño indígena sacrificado hallado en tales condiciones.

Desde entonces, el cuerpo del niño permanece en el museo, en una cámara especial a una temperatura de entre 0 y -3 grados, y 42% a 45% de humedad.

FIN DE LA MUESTRA

El cuerpo congelado se mantuvo en exhibición hasta mediados de los 80, cuando la nueva cámara que se construyó para su muestra falló, casi el mismo día de su inauguración. Desde entonces, descansa en el cuarto piso. Se decidió no volver a exhibirlo, por la falta de una cámara adecuada, y por el deterioro que las vibraciones de la gente le provocan. Además, el Consejo Internacional de Museos (Icom) recomienda no exhibir restos humanos.

Pero entre el 28 de este mes y el 1 de febrero, para conmemorar los 60 años del descubrimiento, el niño volverá a recibir visitas. Esa semana, el MNHN ofrecerá cinco tours diarios (en grupos de 15 personas). “Verlo provoca una sensación muy conmovedora y decidimos no dejar pasar la fecha”, dice el antropólogo Claudio Gómez, director del museo. Advierte que no se podrán tomar imágenes y deberán comportarse con respeto. “Es un elemento museológico, pero también es una persona”.

El cuerpo liofilizado (que se congeló perdiendo humedad) permanece en buen estado y en condiciones muy cercanas a las que estuvo en el cerro, asegura Gómez. Pero, a pesar de los cuidados, se está “deteriorando lentamente”, agrega Stehberg.

No sólo se ha ido oscureciendo su piel -producto del frío-, sino que su tamaño se ha reducido por la pérdida de humedad y grasa. “Y seguirá reduciéndose. No se va a poder conservar para siempre. En el estado de cadáver que tiene, lamentablemente hay un deterioro paulatino”, explica Stehberg

Desde su llegada, el niño ha sido sometido a cuatro estudios, que han determinado que medía entre 1,40m y 1,44 m, estaba en buenas condiciones nutricionales y no sufrió maltrato antes de morir. También encontraron bacterias que demostrarían que estuvo en contacto con españoles.

Aunque, por el momento, no hay ningún estudio proyectado, Stehberg señala que, en general, cada 10 o 15 años se permite analizarlo con las nuevas tecnologías.

El arqueólogo agrega que es necesario un examen de ADN que permita comparar con otras muestras, como los niños encontrados en Llullaillaco, Argentina (1999), para saber si estaban relacionados.


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